jueves, 8 de noviembre de 2007

Faustina no para de llorar

Mis ganas de hacer amigos dependen de mi estado de ánimo y, sobre todo, de mi nivel de agresividad. Es lo que tiene hacer casas en pueblos perdidos dé Ávila, que una llega a la obra un día en el que ha fallado el fontanero, se ha caído una teja a la calle o el de la madera no ha traído las vigas y las puertas, cuando de repente viene el viejito de turno y da el parte. En Malpartida era Felicísimo el que me mantenía al tanto, y en Serranía, mi querido Antolín, que a veces me llenaba de ternura, otras me tocaba la paciencia, y otras (dos), el culo. Uy!
Unos días yo llegaba al pueblo y, sintiéndome Letizia Ortiz, levantaba la mano izquierda y, sin moverla, sonreía a modo de saludo. Otros, sonreía a desgana y pasaba de saludar. Ay! qué pereza los viejitos! Ay, cómo se aburren! ay, pobrecitos mis albañiles con ese público tan entregado mirando desde el sol cómo carajo les queda la pared! A veces no los soporto, pero en general me enternecen.
Esta semana llegó el momento de enfrentarme a los "lugareños" de Horcajo de la Rivera, el pueblito de Gredos donde me he comprado un diminuto pajar. Desde el día que me convertí en su propietaria, y en menos de un mes, recibí tres llamadas con muy mal rollo de tres de mis vecinos de medianeras y he aquí que iba más bien armada de paciencia y con un speach casi redactado de lo que le iba a decir a todo aquel se te atreviera a meterse con mis piedras, con los muros comunes y con mi supuesta intención de "no colaborar" ¡¡Que a mí nadie me viene amenazando!! (y, por supuesto, yo tengo la razón).
El lunes amaneció brillante, con ese cielo azul espectacular del que siempre hablo, y parece que esa calma de mañana en el campo y otoño de robles naranjas afectó a los viejitos de Horcajo, y me enamoré de todos. Podría contarles de Lorenzo, ése sesentón y soltero, que con su voz radiofónica me dejó caer que siempre era bueno tener nuevas vecinas, y guapas, en el pueblo. O de Felipe, que se metió en su casa y salió con cuatro manzanas rojas y dos reinetas de su huerto (y una propuesta firme de negocio con las alubias blancas, que ya se sabe, la tierra del Barco de Ávila y alrededores es la mejor, así que ya sabes, guapa!). O de Pedro y Práxedes, tan modernos a su manera, con su cafecito con leche y esas pastas tan ricas. O de Visitación, con su sombrerito de paja y ala ancha, digámosle pamela de pueblo, que es la encargada de limpiar la fuente, "que sale mejor del grifo, guapa, directa de la montaña, y oyes, qué bueno que te hagas una casa, que a mí me gusta mucho hablar con gente joven". Ay, Visitación se merece un post.

(Felipe y Faustina posando para la foto)
Pero no. Voy a contarles de Faustina, la madre de Cesáreo, uno de los tocagüevos del teléfono. Faustina va vestida de negro y tiene 80 años, lee sin gafas y escucha mejor que yo, que tampoco es nada raro. Tiende, como Irene la de la canción de Serrat, sus bragas al sol y las ven todos los vecinos, en ese afán extraño que tiene la gente de pueblo de dejar ver su ropa mientras se seca. Faustina me saludó muy amable y se mostro muy dispuesta a enseñarme su lado del muro de la discordia. Pero nada más atravesamos la puerta de su casa me agarró del brazo y comenzó a llorar. "Es que no puedo aguantarme, hace dos años que se murió mi marido, al mes que a mí se me había roto la cadera", y volvía a recuperarse para hablarme del muro, y, aunque pasábamos al tema de la despensa y que no habían aparecido humedades, ella volvía de nuevo a su marido, el artífice de la "modernización" de la casa. "Es que de seis embarazos sólo me quedé con un hijo, que mi madre se murió cuando yo tenía 11 años, ay! que yo he sufrido mucho en esta vida, Pili", y mientras se secaba los mocos me decía "¿te gustan las mantas de ganchillo? tráeme la lana y te hago una". Y así terminé conociendo el sobrao de la casa de Faustina y las puntillas de hilo blanco para toallas. No me dió pena sino ternura. La soledad es dificil de entender cuando no estás sola, cuando no te quedas sin vecinos en el pueblo y cuando de seis embarazos sólo te queda un hijo que, como haríamos todos en su caso, dice "mi madre llora con demasiada facilidad". Yo soy una egoísta de primera, una amiga que llama poco, una sobrina que da señales de vida cuando ya le han dado el alta a la tía muy muy enferma, y me escondo detrás de la disculpa de que los llevo en el corazón aunque no lo demuestre, "con lo fácil, me digo, que es hacer feliz a la gente diciéndole hola, qué tal te va", pero me cuesta, lo siento. Faustina y su inmensa soledad y tristeza me ha llegado al corazón, aunque sin embargo me llega más que todavía se mantenga en pie a pesar de todo, con sus ojos sin gafas, su pulso para el ganchillo, su conversación y poder de convocatoria (su porche "está a tope" mientras brilla el sol) y sus ganas de irse de paseo Gredos arriba. Cuánto nota hay que tomar de mis viejitos de pueblo. No puedo negarle un saludo cariñoso.

5 comentarios:

cantaruxa dijo...

pili querida... me alegro mucho de esa sorpresa de encuentro con faustina, regalo de los hados para las dos...un abrazote, te sigo leyendo, aún no me he ido...

La Semana Fantástica dijo...

Ay, Pilar, yo quisiera que mi blog estuviera lleno de gente como la que tú conoces en tus pueblos... pero en el mío sólo aparecen mafiosos rusos y hombres que van y vienen...
¿Me llevarás a tomar un café con Visitación? Sabes que las señoras son mi especialidad...

Pi dijo...

En mi blog también están los hombres que van y vienen, y lo sabes. Esta es la única manera de lograr que permanezcan. Claro que te presentaré a Visitación, hombre joven.

Anónimo dijo...

Hola, resulta que he puesto el nombre del pueblo de mis padres al que considero mío en internet y me ha salido este blog. Me han gustado los comentarios acerca de los lugareños, sobre todo lo brasas que son con el tema de las paredes del pajar, jajaja!!. Si no me equivoco, el pajar que te has comprado está en una de las vías principales del pueblo, de camino entre el único bar y la plaza y cerca de la iglesia aunque para acceder a ella tengas que dejarte el alma en las cuestas.
No es porque sea mi pueblo, pero es un lugar magnífico para pasar el verano, para una escapada de fin de semana o simplemente para irte a descansar. Te recomiendo un paseo hasta la "cama de la virgen" para disfrutar de las excelentes vistas de la sierra (te guiará cualquiera del pueblo) y pasarte por las fiestas allá por el 25 de julio, seguro que te lo pasas genial.
Un saludo de Rubén, del barrio de abajo!

Rosa dijo...

Pi :
ya sabes que me encantan tus escritos.Cómo se nota la herencia de tu padrecito...
En tus escritos a veces dejar ver tu corazón y tu alma...
¡ qué recuerdos bellos de tu infancia...
Vale la pena ,que escribas las memorias de tu infancia, así como quieres ...como Cuentos.
Te quiero mucho.
Me siento orgullosa de tí .
Rosa.