martes, 24 de junio de 2008

Clemencia autoestopista


Las gallinas de Clemencia se cruzan en la carretera que entra a Cabañas y cogen carrerilla cuando corren riesgo de atropello. Yo me encontré con ella en la carretera, pero ya cuesta abajo, cuando me hizo señas para que parara. Y lo hice. La Hiluxión se llenó de olor a humo.


"Es que mis yernos se entretienen con las vacas, y yo tengo prisa por ir a Ávila".
Clemencia tiene 77 años y una vida feliz. No sé cuántas hijas, pero unos yernos adorables que la recogen cuando ella se ha dado el tute en el mercado de veduras que ponen en El Chico, y después de bajar cargada al día del barrio de las Vacas (hay que conocer la pequeña ciudad de provincia para saber que hay muchas, muchas cuestas). Por lo menos dos nietos que la visitan todos los fines de semana y un marido que "gracias a que lo he cuidado mucho no se me ha muerto por sus problemas de estómago".


Desde que tenía 12 años Clemencia bajaba caminando a Ávila con un burro cargado de tierra "blanquita", que se usaba para limpiar la madera y dejarla, efectivamente, blanquita. Una temporada de lluvias se desmoronó la zona donde se sacaba la tierra y el derrumbe se tragó a una vecina de la que no me acuerdo el nombre. Ella sí. "Y eso fue hace muchos años, cuando por esta carretera [la de las culebras, ver foto de otro post] podían bajar burros porque los coches no iban tan rápido". Toda una vida yendo y viniendo pero sin dejar de vivir en Cabañas, un pueblito de... ¿20 familias? tal vez exagero.


"YO sólo quiero caerle bien a la gente, Pili, que a mí me gusta la gente buena",me dijo mientras me contaba que en el pueblo también había habido envidias y esas cosas. "Yo tuve vacas suizas y me pude comprar una...." y me enumeró un montón de máquinas de campo que en su tiempo costaban una pasta y que yo, por supuesto, no recuerdo ahora.


Me ofreció huevos de sus gallinas kamikazes, patatas de su huerto y, por supuesto, abono de su vacas para mi huerto.


-"¿¡En macetas!?


- Claro, Clemencia, tengo un patio en un adosado.



Entonces también me ofreció un huerto que habia dejado de trabajar, con agua, a diez minutos caminando desde el sitio en el que se puede dejar el todoterreno, sólo todoterrenos, o burros. Mientras intentaba convencerme de que si me gustaba me lo dejaba (en préstamo, ni siquiera alquiler), yo sonreía y le decía, ay, Clemencia, que soy una mujer moderna y a duras penas me sobreviven los geranios, a la vez que me metía entre las estrechísimas calles de dentro de la Muralla con tal de seguir escuchándola hablar.


Clemencia nació con suerte, y da gusto encontrarse a una mujer feliz. Estas cosas (historias) me alimentan.


(Macetas:1,80€, tener un tomate, tres acelgas y un brócoli en casa no tiene precio)

8 comentarios:

La Semana Fantástica dijo...

Yo, en algunas cosas, soy muy Clemencia.

Pi dijo...

Déjame pensar en qué....
(jijijijiji)

martin dijo...

Todos somos un poco Clemencia...
qué mujer...
me pido una para los reyes

38 grados dijo...

Anda, invita a Clemencia a un ginlemon, que esta mujer promete.

contraportada dijo...

Ay qué belleza.
Clemencia, la muralla, las gallinas, la Felicidad...
besos

Irtaxo dijo...

Mi ama conoció a una Clemencia que era hombre y se llamaba Joan.
Vendía hortalizas en su huerto que estaba después de subir en bici una cuesta brutal.
Me ha contado que se llevaban su verdurita fresca y ecológica de verdad de la buena, nada de las moderneces de ahora. Pero lo mejor era el sentarse a descansar en la silla del señor Joan (la cuesta era muy mala...) mientras el escogía los tomates y contaba la vida de esa forma que conseguía que saliera de allí fresca y viva como una lechuga. De mayor se pide ser como ellos.

Pi dijo...

Se quiere ser como ella de mayor, es verdad, señora iratxo, es verdad.

aroa dijo...

¿se da bien el tomate en maceta?
es que me he vuelto una loca de criar plantitas...

un beso, gracias por la visita Pi
siempre leo tus aventuras abulenses
me gustan mucho