lunes, 31 de agosto de 2009

La buseta

Hace unos cuantos días que hablo mucho con 23. El otro día le pregunté por su niño preadolescente y me dijo:

- Bien, pero tiene que aprender a ir más en buseta.
- Si, por supuesto, no sea que se le presente la mujer de su vida en una y él ni se entere.
- Claro - me respondió 23, y yo hasta creí escucharle ese acento bogotano con aquella voz que me enamoró precisamente en una buseta cuando yo tenía 15.

En aquellas busetas pulgosas (sí, alguna vez ví una pulga subiendo por la falda de paño de una señora) y tercer mundistas unos cuántos elegidos vivimos grandes historias. Me permito la licencia de idealizar. Para los que no tenían que coger la buseta porque vivían cerca del colegio, nosotros éramos valientes, mayores, básicamente. Y a una le daba un vuelco el corazón cuando podía compatir la media horita de recorrido con alguno de aquellos chicos "interesantes", como ella, por supuesto, que vivían en otros barrios. En Bogotá la sensación de dispersión me encantaba. Era una ciudad donde las casualidades eran probables, tal vez porque todo era improvisación. En aquellos tiempos (no sé si en los de ahora) no había paradas, así que todo dependía de la suerte de que el conductor parara cuando uno hacía señal para que parara.
Bogotá. Así conocí a 23. Llamémosle G.
Ayer me dijo que no se imagina de ningún sitio que no fuera Bogotá.
Y te voy contar, G., sin pudor alguno, si es que mi falta de pudor es comprensible, que paso de explicar que en las busetas hablaba con JC y que todo parecía bonito, perfecto y divertido, unos pocos elegidos para salirnos de todo lo que considerábamos... no sé.
Adolescentes.

Me acuerdo, G, que por vos aprendí a ver ese color del atardecer en Bogotá, el azul nocturno, los pronósticos que anunciaban tormenta, la Ciudad de la Furia de Soda, todo. Y lo eché de menos, al azul y a usted, (y a mis veinte películas más, promiscua escritora de cartas que se conservan, dicen), cuando me vine a España. Se me quedó Nagore metido en la cabeza, ya ves, ayer te contaba que escribiste sobre él, cómo fumaba, el humo... me imagino un sofá orejero, un pobre pendejo geminiano que se escurre y deja que todo se escape. Pobres pendejos exploradores de tierras lejanas, militares o expertos oradores. Se escapó.
"Me verás caer.... sobre terrazas desiertas... sabrás ocultarme bien y desaparecer entre la niebla". Fueron tiempos de eclipses en el cono sur, de viajes que parecían absurdos, de Lunas Rojas, y de estudiantes de literatura que parecían salidas de la cabeza de Sábato. Esas historias no se vivían aquí. Y me callé. Mejor así. Nos habríamos perdido nuestras charlas nocturnas veinte años después y las certezas sobre lo que pudo ser. Lindo que guardes las cartas. Yo también.







martes, 18 de agosto de 2009

El mantel de México

Hoy he desayunado en el patio. Con el mantel de María Celedonia, recuerdo de Chichen Itzá, el favorito de Nicolás, y también de Alicia. Hay cosas absurdas en mi vida, y una de ellas es haberme ido a México en plena separación con toda la familia de mi ex, y mi ex. No me arrepiento. Yo viví el viaje a mi manera, y me traje de recuerdo una jarrita de latón con florecitas chiquitas verdes, un cojín bordado de colorines y el mantel de María Celedonia. Me acuerdo que me crucé con ella entre las pirámides de Chichen Itzá, yo recordando el episodio de Barrio Sésamo versión latinoamericana en que salían las pirámides y me emocionaba, y ella vendiendo sus bordados "artesanales" hechos a máquina. Era una viejita desdentada, muy india y gordita. Me enterneció porque soy así de pendeja, le pregunte su nombre y le compré el individual kitch como él solo. Y no le pregunté por su vida porque yo iba acompañada y no procedía. Me habría gustado, echo de menos que la gente que me cruzo me cuente sus historias, echo de menos hasta al viejo verde de Gonzalo y a Faustina que no para de llorar, y a Bienvenida y Felicísimo, una pareja de la que nunca he hablado en el Cardhu y que me llegó al alma sentaditos tan monos y felizmente casados a sus ochentaitantos delante de su casa de piedra en Las Hurdes. En fin, algún día me volverán las ganas, cogeré el coche, encontraré historias y le echaré aceite de teca a la mesa para que salga bien en las fotos.



domingo, 16 de agosto de 2009

El cencerro y el verde

Viví en Pamplona durante cuatro años. Los de la universidad. Fue mi primer contacto con España. De allí, de aquellos años, conservo a mis mejores amigos, la afición a internet y salí con el que más adelante sería el padre de mis hijos, lo más importante de mi vida. No suelo recordar mucho aquellos años. Estaba gorda y fea, con menos celulitis que ahora, doce kilos más y sin nadie que me tirara los tejos. Una época bonita y rara. Deprimente y entrañable. Extraña.
Ayer, por vueltas de los blogs y el destino volví a escuchar Breaking into Heaven de The Stones Roses, y recordé aquellos años. (...) He borrado varias veces lo que pensaba escribir. No sale.

Eran tiempos raros: R. me regaló un cencerro de vaca con un lazo verde cuando cumplí 20. Por ahí anda la foto del momento de abrir aquel regalo, ahora es Alicia la que se parte de la risa cuando se lo pone de collar y dice que es una vaca.

- "Es que estás como un cencerro", me dijo R., y no sé si yo si debería haberle regalado una cabra a ella directamente. Ay, la Stra. P.

Me gusta esta sensación de recordarlos a todos como algo que todavía sigue ahí (aunque se vayan cinco meses a Buenos Aires, o toda la vida a México o a Barcelona o se quedaran en Pamplona). Siempre nos quedará Madrid. A los 36, Madrid.










jueves, 13 de agosto de 2009

Del ying, el yang, las culebras y las lentillas

Una noche de vinos ficticios le pregunté al I Ching porqué el año pasado no hacía más que ver culebras en la carretera y ahora no me había cruzado con ninguna. Me habló clarito y me dijo:

-Guapa, la situación indica una densa, caótica plenitud. Trueno y lluvia ocupan el aire. Pero el caos va aclarándose (...) lo abismal encuentra finalmente una salida del peligro.

Le doy un sorbo a una cerveza, la primera que me abro para mí, para mí sola, sola en casa. Joe me enseñó a degustar una cerveza el otro día en Tierras Altas, mientras me explicaba un montón de cosas que ninguno de los dos recuerda y mientras yo creía verle el dibujo del sistema digestivo cual libro de biología de cuarto de primaria. Me reí. Me reí mucho aquella noche, cuando también llore, dos segundos, por el Cardhu, lo extrañé de repente, y cuando me di por vencida y sucumbí a recordar que otras veces también me dio la risa tonta, que mis sentidos estaban alertas, que el tacto, por lo menos el tacto, podía vivirse, sentirse de otra manera.

Aquella noche, confesé que tres días antes se me había roto una lentilla en el ojo. Ante el estupor de mi hermana y Joe, sentí la necesidad de tranquilizar al personal y afirmar, casi confirmar, que el otro trocito tendría que haber desaparecido, había desaparecido, de hecho era IMPOSIBLE que siguiera en mi ojo, me dolería, lo tendría irritado, chungo, podrido. Me llevaron a la oftalmóloga, gallega ella, "la conjuntivitis se va, pero puede volver, tal vez sí, tal vez no" (le falto hablar del ying, el yang, I Chin gallego), pero no dijo nada del ripio de lentilla en mi ojo. Todo ok.

Otro sorbo de cerveza, en Ávila a veces hace calor por la noche.

El domingo pasado, veinte días después del episodio, soñé que tenía una pestaña en el ojo, que no podía jugar al REM, que no. Y apareció el trozo de lentilla (ver foto).



Esto, completo, sirve para ver


Le pregunté a mi amigo I Ching, colega de penas y glorias en mi última etapa, con todos los respetos hacia su honda y preciosa sabiduría, que quería decir, fuera de toda lógica, que la lentilla reapareciera en mi ojo, sin haberme causado dolor, infección o legañas, abrió la boca:

- Guapa - me dijo a la luz de la lamparita del estudio- todo hombre debe tener algo a lo cual seguir, algo que le sirva de estrella orientadora. Quien con convicción va en pos de lo bello y lo bueno, podrá sentirse fortalecido por esta sentencia que te estoy colocando. Y de paso, te vas al hexagrama 51 que sinifica Chen, you know, lo suscitativo, que en mi idioma lo interpreto como comenzar, levantarse.

Y brindamos.

Hoy, ha sonado el teléfono y he recordado una canción de The Whitest Boy Alive, que dice algo así como que guay que hayas llamado, pero digo yo que qué pena no poder decírtelo, no está el tema para eso. Sin embargo hoy, y todo desde el humilde estudio que necesita vistas, urgente, veo la vida como comenzando de nuevo, sin culebras en el camino que me obliguen a levantar los pies. Me veo de repente con la lentilla rota en la mano. Chen. Feng, que significa plenitud, y medio mareada, que no tiene traducción en el I Ching y que es lo que pasa cuando una no aguanta ni una miserable cerveza.

Mi vida surrealista de plantas del dinero que se ponen pochas, de carreteras y carreteras que ya no recorro, y palabras y palabras que no digo y canciones que escucho, y que reaparecen. Mi vida. Y más. Un verano raro.
Chin - Chen.



(Mi época grunge me pone sentimental, pero pega, "and yet I figth this battle all alone")

miércoles, 5 de agosto de 2009

De sinvergüenza a forrada

La vida es graciosa. Pensaba empezar a escribir este post diciendo: "necesito una ventana con vistas, y horizonte, urgente", y me desvié del tema por cuestiones que no vienen al caso. Entonces decidí descargar las fotos de la cámara y escribir el post que pensé ayer y por el que hice la foto de aquí abajo, y cuyo principio redacté en mi cabeza así: "La única planta que crece en mi casa es la sinvergüenza", pero como últimamente he tenido comentarios off the blog sobre ese bilingüismo mío, esos términos traídos de mi tierra y que extrañamente conservo a pesar de los años y aquí tienen otro significado, decidí buscar en internet el nombre español de la plantita para traducir y ser universalmente comprendida.
Pero he aquí mi sorpresa cuando descubrí que la Plectranthus Australis es más conocida en este país nada más ni nada menos que como Planta del Dinero, con lo cual, ni post sobre las vistas, ni sobre las sinvergüenzas varias que crecen y habitan en mi casa (sí, había juegos de palabras).
Ahora lo suyo será decir que me voy a forrar porque mi plantica crece que da gusto y además fue regalada y esas cosas. Y no sé, que ha coincidido que he conseguido trabajo y las cosas se van recolocando, pero... no sé. La pondré a prueba, aunque se ha cargado mi post.
En fin.


(Para leer en tono burlón: este rinconcito de mi hogar me gusta)