martes, 8 de diciembre de 2009

La dignidad del cazador

Braulio era un buen tipo. Desde hace más o menos un año, la crisis, el cambio de custodia y la edad nos etsabn convirtiendo en una extraña pareja en la que él, claramente, ejercía de marido. Si los niños estaban chinchándose, riéndose a carcajadas o jugando en la bañera, él me buscaba por toda la casa y se ponía a ladrar invitándome a subir a donde estaba el problema: "¿has visto lo que hacen tus hijos? diles algo, diles algo", parece que me decía. Después tenía sus momentos de pedir amor, siempre a la misma hora, y se ponía a mi lado, me buscaba la mano y se metía debajo de ella a ver si empezaba a acariciarle. Me despertaba muchas mañanas subiéndose a la cama con un pato de goma descabezado y moviendo la cola, y roncaba, todas las noches roncaba, dormía con la boca abierta, soñana que ladraba y, últimamente, que aullaba. Y cuando yo no estaba se tumbaba en mi almohada. Mi marido Braulio, mi hijo mayor.

Cuando perdió el ojo le descubrieron que tenía una insuficiencia respiratoria y otra cardíaca, que sólo le funcionaba medio corazón y que por eso lo tenía enorme. Se quedó tuerto y medicado de por vida. Y sin embargo, a pesar de sus achaques, el tipo volvía a su juventud cuando veía una pelota. ¿y la pelota, brauli?, y se ponía nervioso. No desperdiciaba la mínima para escaparse por el campo y darme sustos de muerte por sus desapariciones entre matorrales y piedras. La última vez estuvo desaparecido durante más de una hora por quién sabe dónde, y yo, desesperada después de rastrear por los pueblos vecinos y de preguntarles a los lugareños por un perro blanco, pijo y melenudo, ya daba por hecho que se había quedado atascada en alguna trampa de cazador, o que una vaca lo había pisado, yo qué sé. apareció como si nada, y por supuesto no me veía bien a la distancia desde donde yo lo llamaba....

Braulio.

El Braulio se murió ayer con toda la dignidad de un perro con complejo de rotwailler y cazador por genética (una vez mató a un ratoncillo de campo y otra se comió una lagartija). Conoció a Jack, el conejo de mis sobrinos, ayer por la tarde, y pasó, supongo, sus últimas horas planeando cómo cazarlo. Corrieron por el jardín sin que ninguno se agotara, pero se hizo de noche y corriendo detrás de Jack, Braulio se cayó a la piscina. Entre la lluvia que caía, el ruido que teníamos dentro de casa y la oscuridad, ninguno nos dimos cuenta de que el perro no lograba llegar a las escalera para salir. Y se ahogó.
Lo encontré flotando hacia las diez de la noche extrañada de que no entrara a casa para dormir.

Esta mañana le hicimos una tumba, le clavamos una cruz de madera, le pusimos una flor y le rezamos un jesusito para que sea feliz en el cielo de las mascotas.

Una de los últimos momentos familiares de mi Braulio la semana pasada