lunes, 15 de marzo de 2010

Otra baja en mi Macondo particular.

Me contaron que minutos antes de morir mi tía Sofía tenía una palidez casi plateada, y que cuando se fue, cuando su cuerpo se relajó profundamente sobre la cama, le volvió el color, el rosadito de las mejillas, el de su piel. "Como si eso plateado se hubiera ido realmente, como si fuera su alma y se hubiera ido volando de verdad", me dijo mi tía Rosalía.

Sofi murió la madrugada del sábado 13. Sesenta años después que su abuela, una de las matriarcas que yo escuchaba nombrar de pequeña y que apenas reconozco en las fotos. Güela, como la llamaban, murió la víspera de la boda de mi tía la mayor, Esther, que murió hace 13 meses sin ver el mar. Las dos murieron dormidas. Ruth también murió dormida, o por lo menos eso me contaron. El sueño, la muerte, la paz. Rezaron y pidieron que cuando les tocara irse fuera de esa manera, sin sentir la angustia, sin montar dramas, sin verle la cara a los demás o tal vez sentirse solas. También me dijeron en estos días que tuviera cuidado con lo que pido, que cada palabra que uno suelta es toda una declaración de intenciones, de vida y de muerte al Universo. Cuidadito. Aunque hoy, mientras planchaba y pensaba en mi familia, recordé que el último día del invierno harían 11 años de mi boda, y que hay promesas de las que uno puede retractarse.
Por si acaso voy a cuidar mis palabras. Sofi se mordía la lengua cuando tocaba el piano, y sus sobrinos la imitábamos y nos reíamos: todavía no nos habían puesto un espejo para vernos, por ejemplo, mientras aparcamos. Hacerse mayor.
Llevo todo el fin de semana pensando en aquello de no volver a ver nunca más a alguien, y no lo pienso por ella porque haya muerto, sino en todos los que siguen vivos y que es casi probable que nunca vaya a visitar o que tal vez nunca vengan a mi casa. Familia y aledaños. Pienso en cuántas veces uno se despide ("como circo pobre", decía Sofi, maestra de dichos y refranes paisas) y vuelve, y se despide y termina siendo para siempre, a pesar de que pasen los años, y la vida, y las generaciones y de repente te morís y no me atrevo a preguntarle a un conocido, ni siquiera a buscarte en facebook no-sea-que. No quiero escuchar malas noticias. Tal vez esa reflexión sea propia de esta edad y venga pegada a La Cana. "Cana con reflexión deprimente de serie". Tal vez. O tal vez es que uno tiene penita, que piense y se grite para sus adentros "¡¡¡me duele el alma!!!", como lloraba Ruth cuando se quedó viuda, y que durante estos días no hay reiki que alivie el segundo, tercer y cuarto chakra en mínimo rendimiento. Sin más.


La casa de mi abuela, por Fernando Mejía.

2 comentarios:

La Semana Fantástica dijo...

Que descanse en paz Sofía. No hay palabras nuevas para los dolores más viejos.

Música dijo...

un abrazo pequeña Pi, ojalá cuando yo me vaya alguien escriba tan bonito. Se fueron en sueños y allí las encontrarás para que te sigan enseñando