Pues sí, señoras y señores, que hasta aquí llegamos. Hace tres años lo abrió y le dio por contar cosas, a su manera, con cariño, con mucho cariño, pero un día, aleatorio, dejó de alimentarlo y lo empezó a dejar morir. Duele. Hay cosas que duelen y otras que joden mucho más. Se hartó, básicamente.
Tal vez aparezca otro Alan Pauls que la invite a un ginlemmon y le devuelva la pendejada. Ella, el día del tercer aniversario, cierra el chiringuito.
La mañana del 4 de agosto de 1994, Rut Irene se maquilló con lo último que le quedaba en su neceser, abrazó al Niño Jesús de porcelana de su abuela, se tumbó a ver la telenovela y se murió, de repente. Dieciséis años después, acordándome de mi otra tía difunta, vi cómo un camión verde se llevaba los muebles de mi casa en Ávila y cerraba un ciclo. Hoy es domingo, es mi cuarta noche en Madrid y escucho llover sobre el tejado de las palomas voyeur. Jugando a las elipsis temporales me vuelvo a las vísperas de exámenes de química y siento en el estómago la angustia del que no ha estudiado. Como viene siendo habitual este verano, enciendo una vela, esta vez de interior, esta vez sin música de fondo (sólo la lluvia, y la fiesta de Lavapiés, abstraigamos por favor) y sola. Llevo demasiados días acompañada. Además hoy, por razones obvias, no voy a ver satélites pasar. Me gusta esta sensación extraña de haber vuelto a casa, de todo por delante y tanto todavía pendiente (sí, lo tuyo sigue pendiente, y lo suyo, y lo vuestro y lo nuestro), de los flecos sueltos, las sorpresas de las primeras noches, de los adioses y los hastaluego, y de la nevera vacía, el colchón en el suelo, los libros desordenados, y la música. Sobre todo la música. En mi casa de Madrid se escucha música cuando deja de llover.
(no entiendo porqué no se ve bien que es Halo, de Depeche Mode, hoy rollo vintage adolescente)
"Estoy parado sobre la muralla que divide todo lo que fué de lo que será. Estoy mirando cómo esas viejas ilusiones pasando la muralla se hacen realidad.
Pero como el amor de ayer, pero como el amor de ayer, vuelve a desaparecer, desaparecer...
Estoy parado sobre la muralla que divide todo lo que amé de lo que amaré. Estoy mirando cómo mis heridas se cerraron y como se desangra un nuevo corazón.
Pero como el amor de ayer, pero como el amor de ayer, vuelve a desaparecer, desaparecer...
Estoy parado sobre la muralla que divide todo lo que fue de lo que será. Estoy mirando cómo esa vieja psicodelia estoy fijándome cómo viene y va.
Pero como el amor de ayer, pero como el amor de ayer, vuelve a desaparecer, desaparecer..."
es eso de entrar a Hacienda con cara de necesito-un-aplazamiento-ya-me-entiende y salir con las deudas pagadas, la devolución próxima a hacerse efectiva, el ego por las nubes, una planta para un tiesto y una historia para contar, que no voy a contar. Magia potagia, y en Ávila.
Un mediodía de verano, la abnegada madre compartía conversación con sus hijos durante la comida, hasta que, estupefacta, tuvo que escuchar de Alicia lo que sigue:
- Mamá, ¿por qué no tengo eso que es como un techito en el ombligo?
- ¿El fondo? ¿esa cosita que parece un nudo?
- Sí, mira, como Nico. Nico tiene, ¿ves? ¿por qué yo no?
- Porque tienes un ombligo precioso, y cuando seas mayor y te pongas bikini te va a encantar y...
Al hilo de los recuerdos de "infancia" de Nicolás, de coches descritos con lujo de detalles, de logotipos de barcos piratas que él veía a la altura de sus ojos cuando tenía dos años y su hermana estaba recién nacida, de imágenes de su madre pasando el cortacésped y de aviones en los que voló a Colombia cuando tenía tres, su madre le puso cara de escepticismo y le retó:
-Pero tú de te acuerdas de todo eso porque lo has visto en fotos, Nicolás.
-Que no, mamá, yo no recuerdo como fotos, no recuerdo tu cara quieta cuando pasabas el cortacésped en la casa roja, veo vídeos, mamá, los recuerdos están en mi cabeza como vídeos, mamá, se-mue-ven, ¿sabes?